y aceptar que la niña pudiera decirle que no.
Un sábado, mientras cocinaban, Sofía gritó:
—¡Papá, se está quemando!
La cocina quedó en silencio.
La pequeña enrojeció.
—Perdón.
No quise decir eso.
Alejandro apagó la estufa y se agachó.
—No tienes que disculparte.
Puedes llamarme Alejandro, y si alguna vez te equivocas, tampoco pasa nada.
Sofía lo abrazó.
Pero aquella felicidad duró poco.
Ricardo descubrió una fotografía escolar donde Alejandro aparecía junto a la niña.
Reconoció inmediatamente su apellido.
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