se levantó inmediatamente.
Aplaudió con tanta fuerza que varias personas lo miraron.
Sofía recibió su reconocimiento, giró hacia el público y lo encontró de pie.
Después de la ceremonia, corrió hacia él.
—¡De verdad regresó!
—Te dije que encontraría tu silla.
—¡Pero primero dijo que no!
Alejandro sonrió.
—A veces los adultos nos equivocamos.
La pequeña recibió las flores y, después de pensarlo un momento, preguntó:
—¿Quiere conocer a mi abuelita?
Esa tarde, con autorización previa, Alejandro visitó una modesta casa azul.
La abuela de Sofía, Elena Beltrán, tenía 68