No le dije a mi mejor amigo que me iba cinco años porque me a-cu-só de pla-gio para proteger a otra mujer

estaban en el servidor compartido.

—Lo sé.

—Solo estaban en mi computadora personal.

El profesor tardó unos segundos.

—¿Alguna vez se la prestaste?

Pensé.

Dos meses atrás.

Un día en el laboratorio.

Mi batería se estaba agotando.

Había ido a buscar un café.

Camila estaba allí.

Me pidió usar el equipo para revisar un archivo porque el suyo estaba actualizando.

Le dije que sí.

Tal vez diez minutos.

Quince como máximo.

—Una vez.

—Eso explicaría parte del acceso.

Sentí una mezcla desagradable de ira y asco.

—¿Qué hizo?

—Todavía estamos