No le dije a mi mejor amigo que me iba cinco años porque me a-cu-só de pla-gio para proteger a otra mujer

tensó.

—Sí.

—¿Crees que pudo ver alguno de estos archivos en poder de Camila y sacar una conclusión equivocada?

Pensé en sus ojos.

En la seguridad con la que dijo:

«Yo lo vi».

No.

No había sonado confundido.

—Pregúnteselo a él.

El profesor guardó silencio.

—Lo haré.

—Buen viaje, Elena.

—Gracias.

Colgué.

Lucía me observaba.

—¿Qué pasó?

—Camila tenía mis archivos.

—¿Cuántos?

—Más de treinta.

Su boca se abrió.

—¿Y Adrián?

—No sé.

—Elena.

—No quiero saberlo ahora.

Lucía me estudió durante unos segundos.

Después asintió.

—Está bien.

Agradecí que