No le dije a mi mejor amigo que me iba cinco años porque me a-cu-só de pla-gio para proteger a otra mujer

con una situación económica difícil.

Adrián empezó a ayudarla.

Primero fueron pequeñas cosas.

La llevaba en coche porque, según él, así se ahorraba el autobús.

Después comenzó a almorzar con ella porque la cafetería estaba más cerca del estacionamiento.

Luego dejó de acompañarme a la biblioteca porque Camila necesitaba ayuda con estadística.

Un día no pude evitar preguntarle:

—¿Te gusta?

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué?

—Camila.

Me miró como si acabara de decepcionarlo profundamente.

—Elena, su familia apenas puede pagarle la universidad.

—Estudia y trabaja al mismo tiempo.

—¿No puedes