con una situación económica difícil.
Adrián empezó a ayudarla.
Primero fueron pequeñas cosas.
La llevaba en coche porque, según él, así se ahorraba el autobús.
Después comenzó a almorzar con ella porque la cafetería estaba más cerca del estacionamiento.
Luego dejó de acompañarme a la biblioteca porque Camila necesitaba ayuda con estadística.
Un día no pude evitar preguntarle:
—¿Te gusta?
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué?
—Camila.
Me miró como si acabara de decepcionarlo profundamente.
—Elena, su familia apenas puede pagarle la universidad.
—Estudia y trabaja al mismo tiempo.
—¿No puedes