Empecé a odiar la palabra “luchador” la noche en que acabé de rodillas en el baño, suplicándole a mi mujer que no me mirara.
Me llamo Diego Morales, tengo 42 años y vivo en Valladolid con mi mujer, Lucía.
Hasta hace poco, yo era de esos hombres que creían estar haciendo las cosas bien.
No fumabas. Bebia muy poco. Salía a correr tres veces por semana. Me hacía revisión cada año. Comía verdura, pescado, pan integral. Subía por las escaleras aunque el ascensor funcione.
A veces decía, medio en broma:
“La salud hay que cuidarla”.
Ahora esa frase me duele.
Porque yo la cuidé.
Y aún así, el cáncer llegó.
Todo empezó con un dolor de barriga.
Nada escandaloso. Nada que te haga pensar que tu vida está a punto de romperse. Solo una molestia baja, pesada, que iba y venía. Pensé que sería estrés. O algo que había comido. O una tontería de esas que uno deja pasar porque tiene cosas que hacer.
Lucía me vio apoyándome en la mesa de la cocina.
“Diego, pide cita. No lo dejes”.
Yo resoplé, como si fuera una exageración.
Pero fui.
No porque tuviera miedo. Fui porque siempre había sido prudente.
En la ecografía, el médico dejó de hablar.
Eso fue lo primero que me asustó.
No puso cara de película. No dijo nada terrible. Solo miré la pantalla unos segundos más de lo normal. Movió el aparato despacio sobre mi abdomen y tragó saliva.
Después dijo:
“Vamos a pedir una tomografía con urgencia”.
Con urgencia.
Dos palabras sencillas.
Pero cuando te las dicen tumbado en una camilla, con el gel frío todavía en la piel, esas palabras pesan como una losa.
Unos días después, Lucía y yo estábamos sentados en el pasillo del hospital.
La gente pasaba a nuestro lado. Una señora buscaba papeles dentro del bolso. Un hombre hablaba bajito por teléfono. Una puerta se abría y se cerraba. Alguien reia al fondo.
El mundo seguía igual.
El mío no.
El diagnóstico llegó sin gritos.
Cáncer colorrectal. Etapa cuatro. Metástasis en el hígado y en los pulmones.
Yo no lloré.
Miré mis zapatos.
Eran las zapatillas con las que salía a correr.
Eso fue lo que más me tocó en ese instante. No la palabra cáncer. No la palabra metástasis. Sino aquellas zapatillas limpias, todavía preparadas, como si mi cuerpo sigue siendo el de antes.
Lucía me apretó la mano.
“Vamos a poder con esto”, dijo.
Yo asentí.
Pero por dentro ya me había caído.
Después de eso, mi vida se hizo pequeña.
Antes de mi vida era trabajo, compra, recibos, lavadora, cenas rápidas, alguna discusión tonta porque alguien había dejado una luz encendida. A veces me parecía aburrida.
Ahora daría cualquier cosa por volver a aburrirme.
Un día normal.
Solo eso.
Un día en el que quejarme porque no queda leche. Porque el vecino hace ruido. Porque hay cola en el supermercado. Porque la cena salió sosa.
Un día sin informes médicos.
Sin agujas.
Sin personas entrando en casa con esa cara de tristeza preparada.
Después de la primera quimioterapia, empezaron a escribirme muchos conocidos.
“Eres fuerte.”
“Tienes que luchar.”
“Eres un guerrero.”
Sé que lo dijeron con cariño.
Pero cada vez que leía eso, me sentía más solo.
Porque no había nada heroico en aquello.
Un guerrero suena a alguien que levanta la cabeza.
Yo metía la cabeza en el lavabo.
Un guerrero suena a alguien que elige su batalla.
Yo no había elegido nada.
Me despertaba con sabor a metal en la boca. Las manos me hormigueaban tanto que a veces no podía sujetar bien una taza. El pelo se me quedó en la almohada. Mi cuerpo olía distinto. Me cansaba al cruzar el pasillo.
Y aun así, cuando venía alguien a visitarme, yo sonreía.
Traían bizcochos, caldo, frutas, flores. Se sentaban en el sofá y hablaban bajito, como si una palabra mal puesta pudiera romperme. Algunos evitaban contarme cosas buenas, como si la alegría estuviera prohibida en mi casa. Otros hablaban demasiado, llenando todos los silencios.
Casi todos miraban el reloj.
Y cuando se iban, yo veía el alivio en sus ojos.
Fuera los esperaban su vida normal.
Dentro me quedaba yo.
Lo peor no era el dolor físico.
Lo peor era sentirme ya como un recuerdo.
Un fantasma que todavía respiraba.
La gente me miraba y pensaba en el día en que yo ya no estaría. Pero yo estaba allí. Sentado delante de ellos. Escuchando. Viendo. Queriendo seguir siendo Diego, no solo “el enfermo”.
Lucía no me miraba así.
Lucía todavía me veía.
De día era fuerte. Me preparaba la medicación, apuntaba citas, hacía comidas suaves, llamaba cuando hacía falta, me tapaba con una manta si me quedaba dormido en el sofá.
Cada mañana decía:
“Hoy solo pensamos en hoy.”
Pero por la noche la oía llorar en el baño.
Abra el grifo para tapar el sonido.
Yo fingía dormir.
No porque no me doliera. Me dolia demasiado.
Pero durante el día ella tenía que sostenerme a mí, la casa, las llamadas, las visitas, las frases torpes de los demás. La noche era el único lugar donde podía derrumbarse sin sentirse culpable.
Así que me quedaba quieto.
Con los ojos cerrados.
Y le dejaba a su dolor una habitación propia.
Una tarde llamó a la puerta don Julián.
Vivía en el piso de abajo. Tenía 69 años, pocas sonrisas y la costumbre de quejarse por todo: las bolsas mal puestas, el portal abierto, el ascensor ocupado demasiado tiempo.
En el edificio muchos lo consideraban un hombre difícil.
Lucía abrió.
Don Julián no traía flores. No traía tarjeta. No traía esa cara solemne que la gente se pone cuando va a visitar a un enfermo.
Traía una bolsa de papel.
“¿Diego puede tomar un poco de té?”, preguntó.
Me reí.
Fue mi primera risa verdadera en semanas.
Don Julián se sentó conmigo en la mesa de la cocina. Sacó una sartén, una botella térmica y unas servilletas.
No me llamó luchador.
No me dijo que pensara en positivo.
No me preguntó cuánto tiempo me habían dado.
Empezó a contarme que el ascensor volvía a hacer un ruido raro. Que alguien había dejado una bicicleta en el portal. Que la panadería de la esquina hacía las barras cada vez más pequeñas.
Cosas inútiles.
Cosas normales.
Cosas preciosas.
En algún momento empezó a llorar.
Él no se asustó. No hubo cambios de tema. No dijo “venga, hombre”.
Solo me pasó una servilleta.
Entonces dije en voz baja:
“Tengo miedo.”
Lucía estaba junto al fregadero. No se giró, pero supe que también estaba llorando.
Don Julián avanzó despacio.
“Claro que tienes miedo”, dijo. “No eres un guerrero. Eres un hombre.”
Un hombre.
No un paciente.
No un caso.
No una historia triste para contar en voz baja.
Un hombre.
Unos días después le pedí a Lucía que no organizara más visitas pesadas. Nada de frases grandes. Nada de caras de funeral adelantado.
Solo una cena.
Ella preparó sopa. Don Julián trajo pan. Yo estaba más delgado, más cansado, más pálido. Pero estaba sentado a la mesa.
Lucía contó algo gracioso de una niña de su clase. Don Julián volvió a quejarse del ascensor.
Y yo me reí.
Poco.
Bajito.
Pero de verdad.
No me curé aquella noche.
No hubo una llamada milagrosa. Mi cuerpo seguía enfermo. El miedo seguía allí, sentado con nosotros.
Pero durante una hora no fui solo el hombre con cáncer.
Fui Diego.
El marido de Lucía.
El vecino de don Julián.
Un hombre delante de un plato de sopa, con dos personas al lado que no tenían miedo de mi silencio.
Desde entonces entendí algo.
Cuando visites a alguien que está enfermo, no tengas prisa por decirle que sea fuerte.
A veces no hacen falta palabras de batalla.
A veces basta con sentarse.
Servir un poco de té.
Partir el pan.
Y quedarse ahí, sin escapar de su miedo.
Porque una noche normal, para quien siente que lo está perdiendo todo, puede ser el acto de amor más grande del mundo.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia. Si leíste la primera parte, ya sabes que aquella noche no me salvó una frase bonita. Me salvó una mesa pequeña, una sopa tibia y un vecino gruñón que se quedó sin intentar arreglarme la vida.
Una vez porque había comprado pan de más.
Otra porque le sobraba caldo.
Otra porque quería preguntarle a Lucía si ella también había oído “ese ruido indecente” del ascensor.
Siempre traía una excusa.
Y siempre se quedaba.
A veces hablábamos mucho.
A veces no hablábamos casi nada.
Él se sentaba en la silla de enfrente, apoyaba las manos sobre la mesa y miraba por la ventana de la cocina como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Yo agradecía eso más que cualquier discurso.
Porque hay días en que un enfermo no quiere explicar cómo se siente.
No quiere actualizar a nadie.
No quiere repetir la parte médica como si fuera el presentador de sus propias malas noticias.
Solo quiere que alguien se sienta cerca y no haga preguntas.
Lucía también empezó a respirar distint
No digo que dejara de sufrir.
Sería mentira.
Pero ya no estaba sola sosteniendo la casa entera con las dos manos.
Una tarde, mientras yo dormía en el sofá, la oí reír en la cocina.
Era una risa pequeña.
Cansada.
Pero risa.
Me quedé quieto, con los ojos cerrados.
Don Julián estaba contándole que, en su juventud, había intentado hacer tortilla y había quemado hasta el mango de la sartén.
“Eso no es posible”, dijo Lucía.
“En mi defensa”, respondió él, “yo era joven y la sartén era antipática”.
Lucía volvió a reír.
Y yo sentí algo que hacía semanas no sentía.
Alivio.
No por mí.
Por ella.
Me di cuenta de que yo estaba tan ocupado teniendo miedo a morirme que había olvidado otra cosa terrible.
Lucía también estaba perdiendo una vida.
La nuestra.
La que habíamos construido con paciencia, con discusiones tontas, con fines de semana de limpiar la casa y ver cualquier película mala en el sofá.
Ella no solo cuidaba a un enfermo.
Ella cuidaba el recuerdo de un matrimonio mientras seguía intentando vivirlo.
Aquella noche, cuando se acostó, le cogí la mano.
“Perdóname”, le dije.
Abrio los ojos en la oscuridad.
“¿Por qué?”
“Porque a veces siento que te he dejado sola”.
Lucía tardó en responder.
Luego se giró hacia mí y me tocó la cara con una ternura que casi me rompió.
“No me has dejado sola, Diego. Te enfermando. No es lo mismo”.
Yo tragué saliva.
“Pero tú también tienes miedo”.
“Claro que tengo miedo.”
No intentó esconderlo.
Por primera vez no dijo “vamos a poder con esto”.
No dijo “hoy solo pensamos en hoy”.
Solo dijo la verdad.
“Me da miedo levantarme un día y que ya no estés en la cocina.”
Se me llenaron los ojos.
“Yo también tengo miedo de eso”.
Nos quedamos así un buen rato.
Sin buscar consuelo perfecto.
Sin prometer cosas que nadie podía prometer.
Solo dos personas agarradas de la mano, en una cama de matrimonio que de pronto parecía una barca pequeña en medio de un mar enorme.
Al día siguiente tuve revisión.
Hospital.
Pasillos.
Olor a desinfectante.
Gente con carpetas.
Máquinas.
Números.
Sillas incómodas.
Todo ese mundo donde uno intenta portarse bien mientras por dentro se está cayendo.
Lucía vino conmigo, como siempre.
Pero esta vez don Julián insistió en acompañarnos hasta la puerta.
“Solo hasta la entrada”, dijo. “No penséis cosas raras”.
Bajó con nosotros en el ascensor y se pasó todo el viaje diciendo que aquel aparato sonaba peor cada semana.
Cuando llegamos al portal, me puso una mano en el hombro.
Fue un gesto torpe.
Breve.
Casi brusco.
Pero yo lo entendí.
“Luego subo”, dijo. “Él compró pan”.
Lucía sonrió.
“¿Otra vez?”
“Es que el panadero me lo da mal cortado. Alguien tiene que comérselo.”
En el hospital me hicieron análisis.
Me miraron.
Me preguntaron por los efectos de la quimio.
Yo respondí lo que pude.
Hay una vergüenza extraña al contar lo débil que está uno.
Como si el cuerpo te estuviera dejando mal delante de desconocidos.
La doctora fue amable.
No usó palabras grandes.
No vendió esperanza barata.
Miró los informes con calma y nos dijo que el tratamiento estaba haciendo efecto.
No era una cura milagrosa.
No era una película.
No era “todo ha desaparecido”.
Pero algunas lesiones habían reducido su tamaño.
Otras estaban estables.
Y eso, en mi mundo nuevo, era una puerta entreabierta.
Lucía se llevó las manos a la boca.
Yo no reaccioné al principio.
Había escuchado tantas frases duras en esa consulta que mi cabeza no supo qué hacer con una buena.
“¿Eso es bueno?”, preguntó, como un tonto.
La doctora suena con suavidad.
“Sí, Diego. Es bueno.”
Salimos del hospital despacio.
Lucía lloró en la acera.
Pero no como en el baño.
No escondida.
No con el grifo abierto.
Lloró con la cara al aire, agarrada a mi brazo.
Yo también lloré.
La gente pasaba.
Un autobús se detuvo cerca.
Alguien cruzó con bolsas de la compra.
La vida seguía siendo normal alrededor de nosotros.
Y por primera vez en mucho tiempo, eso no me dolio.
Me pareció hermoso.
Cuando llegamos a casa, don Julián estaba esperando en el rellano.
De pie.
Con su bolsa de papel.
Como si hubiera estado allí casualmente desde hacía dos minutos.
Aunque todos sabíamos que llevaba más tiempo.
Lucía subió primero.
Él la miró a la cara y no preguntó nada.
Solo dijo:
“Hinoja.”
Entonces ella empezó a llorar otra vez.
Don Julián se quedó quieto, incómodo, como un hombre que no sabe qué hacer con las lágrimas de otra persona.
Luego abrió los brazos un poco.
Lucía se acercó y lo abrazó.
Él miró al techo.
“Bueno”, murmuró. “Tampoco hace falta montar una escena en el descansillo.”
Pero no se apartó.
Esa noche cenamos los tres otra vez.
Sopa.
Cacerola.
Un poco de queso suave que yo pude comer sin que el estómago protestara demasiado.
Don Julián quiso brindar con té.
Dijo que brindar con agua daba mala suerte, y que brindar con vino era mala idea con mis medicinas, así que el té era “la solución menos absurda”.
Levantamos las tazas.
Lucía dijo:
“Por hoy.”
Yo repetí:
“Por hoy.”
Don Julián carraspeó.
“Y por el ascensor, a ver si aguanta hasta mañana.”
Nos reímos.
Y esa risa quedó en la cocina como una lámpara encendida.
Los meses siguientes no fueron fáciles.
Quiero decirlo claro.
Hubo días feos.
Días en que no podía comer.
Días en que me enfadaba por cualquier cosa.
Días en que Lucía se encerraba cinco minutos en el dormitorio y salía con los ojos rojos, finciendo que había estado buscando una chaqueta.
Días en que yo veía mi reflejo en el espejo y no reconocía al hombre que me miraba.
Más delgado.
Más viejo.
Más frágil.
Pero también hubo días buenos.
Días pequeños.
Y aprende que los días pequeños pueden salvarte un trozo de alma.
Un martes pude bajar a la calle y caminar hasta la esquina.
Tardé casi veinte minutos en hacer lo que antes hacía en dos.
Me dio igual.
Lucía iba a mi lado, despacio, como si pasear a paso de caracol fuera del plan más elegante del mundo.
Don Julián nos vio desde el portal.
“No os alejéis mucho”, gritó. “Que luego no pienso cargar con nadie”.
Pero bajaron igual.
Y caminó detrás de nosotros, finciendo que solo iba a revisar si alguien había dejado mal cerrada la puerta.
Otro día, una niña del colegio donde trabajaba Lucía le hizo un dibujo.
No ponía “sé fuerte”.
No puso “lucha”.
Solo había tres personas sentadas sobre una mesa.
Una taza.
Un plato.
Y un pan enorme, dibujado como si fuera un sol.
Lucía me lo enseñó al llegar.
Lo pegamos en la nevera.
Don Julián lo miró mucho rato.
“Ese pan está mal proporcionado”, dijo.
Pero al día siguiente apareció con un marco barato.
“No se puede tener arte en la nevera con imanes de propaganda”, comentó.
Así era él.
Tierno con cara de estar enfadado.
Una tarde de primavera me pidió que bajara con él al patio interior.
Yo estaba cansado, pero bajé.
El patio era pequeño, con baldosas viejas y macetas que nadie cuidaba demasiado.
En una esquina había una silla de plástico.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia. Don Julián la limpió con un pañuelo y me dijo que me sentara.
Luego sacó de detrás de unas cajas una maceta con geranios rojos.
“Eran de mi mujer”, dijo.
Me quedé callado.
Él nunca habló de ella
Yo sabía, por comentarios sueltos de los vecinos, que había muerto años.
También sabía que desde entonces don Julián se había vuelto más seco.
Más difícil.
Como si hubiera decidido molestar al mundo antes de que el mundo pudiera dolerle otra vez.
“Ella decía que una casa sin flores parece una sala de espera”, murmuró.
Miró la maceta.
“Yo no las cuidé.”
No supe qué decir.
Entonces añadió:
“Cuando te vi enfermo, me dio rabia. No por ti. Por mí”.
Levanté la mirada.
“¿Por usted?”
Asintió.
“Porque yo llevaba años comportándome como si ya se me hubiera acabado la vida. Y tú, con todo lo que tienes encima, querías una cena normal.”
Se quedó en silencio.
Luego empujó la maceta hacia mí.
“Lucía sabe de plantas?”
“Más que yo, seguro.”
“Pues dile que me ayude. No quiero matar otra cosa por cabezón”.
Aquello fue lo más parecido a pedir ayuda que le escuché jamás.
Esa tarde subimos la maceta a nuestra cocina.
Lucía la colocó junto a la ventana.
Don Julián protestó porque decía que allí daba demasiado sol.
Lucía protestó porque decía que él no tenía ni idea.
Yo me senté a verlos discutir sobre geranios como si aquello fuera el asunto más importante del país.
Y pensé:
Esto también es vida.
No grande.
No perfecta.
Pero vida.
Con el tiempo, dejamos de llamar “visitas” a lo que hacía don Julián.
Ya no era el vecino que subía.
Era parte de la tarde.
Parte de la mesa.
Parte de nuestra manera de seguir.
Un sábado, Lucía propuso algo.
“Quiero que celebraremos nuestro aniversario”.
Yo la miré sorprendido.
Faltaban dos semanas.
Antes siempre salíamos a cenar.
Un restaurante sencillo.
Un paseo por el centro.
Alguna foto mal hecha porque yo nunca sabía dónde mirar.
Ese año pensé que no lo haríamos.
“No sé si tendré fuerzas”, dije.
“No hace falta salir.”
“¿Entonces?”
“Lo hacemos aquí.”
Me dio vergüenza.
No sé por qué.
Tal vez porque el aniversario me recordaba todo lo que podía perder.
Lucía lo notó.
Se sentó a mi lado.
“No quiero celebrar que todo va bien”, dijo. “Quiero celebrar que estamos aquí.”
Esa frase se me quedó dentro.
Estamos aquí.
No decía “para siempre”.
No decía “sin miedo”.
No decía “ganamos”.
Solo decía la única verdad que podíamos sostener.
Estamos aquí.
El día del aniversario, Lucía puso un mantel limpio.
Yo me afeité despacio, con pausas, porque levantar el brazo me cansaba.
Me puse una camisa azul que me quedaba grande
Antes me ajustaba bien.
Esa tarde colgaba de mis hombros como ropa prestada.
Me miré al espejo.
Durante un segundo quise llorar.
Luego Lucía apareció detrás.
Me arregló el cuello de la camisa.
“Guapo”, dijo.
Yo solté una risa amarga.
“Lucía…”
Me giró con cuidado.
“Guapo para mí.”
Y no supe discutir eso.
Don Julián llegó a las ocho en punto.
Traía pan, claro.
Pero también traía una pequeña tarta casera.
Estaba torcida.
Un lado más alto que el otro.
La cobertura parecía haber sobrevivido a una pelea.
La dejo sobre la mesa con orgullo.
“La he hecho yo.”
Lucía abrió mucho los ojos.
Yo también.
Don Julián se defendió antes de que dijéramos nada.
“Ya sé que no es bonita. Pero ninguna tarta bonita ha arreglado nunca una mala tarde”.
La cortamos después de cenar.
Estaba demasiado dulce.
Un poco seca.
Con un sabor raro a limón y canela.
Fue una de las mejores tartas de mi vida.
Porque había sido hecha por un hombre que durante años no quiso entrar en la vida de nadie.
Y ahora estaba allí, sentado con nosotros, preguntándome si podía comer otro trozo o si eso iba a “enfadar a mis tripas”.
Después de la tarta, Lucía sacó una caja pequeña.
Dentro había fotos.
No muchas.
Fotos nuestras de años anteriores.
En la playa.
En una boda de unos primos.
En el salón, con ropa vieja, montando un estante.
Yo más fuerte.
Ella con menos cansancio en los ojos.
Al principio me dolio verlas.
Pensé en el Diego de esas fotos.
El Diego que subía escaleras.
El Diego que correría.
El Diego que creía que cuidar la salud era una especie de contrato con el futuro.
Pero luego miré mejor.
En casi todas las fotos, Lucía estaba riéndose de algo.
De mí.
De una tontería.
De la vida.
Y entendí que mi cuerpo había cambiado, sí.
Pero no todo estaba perdido.
La forma en que ella me miraba seguía allí.
Don Julián tomó una foto donde salíamos los dos en la cocina, años atrás.
“Esta está mal encuadrada”, dijo.
Luego la dejó en el centro de la mesa.
“Pero se nota que os queréis. Eso salva el cuadro”.
Nadie habló durante unos segundos.
Porque a veces una frase sencilla cae en el lugar exacto.
Meses después, sigo sin saber cuánto tiempo tengo.
Nadie lo sabe de verdad.
Los médicos hablan de tratamientos, controles, posibilidades.
Yo escucho.
Pregunto lo necesario.
Hago lo que toca.
Pero ya no cuento mi vida solo en informes.
La cuento en mañanas en que puedo desayunar media tostada.
En tardes en que Lucía vuelve del colegio y me cuenta algo absurdo.
En noches en que don Julián sube con pan y se queda aunque diga que tiene prisa.
El cuento en la maceta de geranios junto a la ventana.
Contra todos los pronósticos, sigue viva.
Don Julián dice que es por él.
Lucía dice que es porque por fin ha dejado de tocarla cada cinco minutos.
Yo digo que algunas cosas sobreviven cuando alguien empieza a cuidarlas tarde, pero de verdad.
Y quizás eso también nos pasó a nosotros.
Un don Julián.
Una Lucía.
A mí.
No voy a decir que el cáncer me enseñó a vivir.
No me gusta esa frase.
El cáncer me quitó demasiadas cosas como para darle las gracias.
Me quitó fuerza.
Me quitó aviones.
Me quitó la falsa seguridad de pensar que el cuerpo siempre responde.
Pero la enfermedad también dejó al descubierto algo que antes estaba tapado por la prisa.
Que una vida no se mide solo por lo grande que haces.
A veces se mide por quién se queda cuando ya no puedes entretener a nadie.
Por quién te mira sin lástima.
Por quién te sirve sopa sin hacer discursos.
Por quién aprende a pedir ayuda después de años de orgullo.
Por quién llora contigo sin esconderse.
Hace unos días, Lucía me encontró sentada en la cocina, mirando el dibujo de la niña.
El pan gigante seguía allí, dentro del marco.
“¿Qué piensas?”, me preguntó.
Pensé en decirle una mentira suave.
Que nada.
Que estaba cansado.
Pero ya habíamos aprendido a no escondernos tanto.
“Pienso que tengo miedo todavía”, dije.
Ella se sentó a mi lado.
“Yo también.”
Habíamos aprendido a hacerle sitio a la vida también.
No sé cómo terminará mi historia.
Pero sé esto.
Hubo un tiempo en que pensé que ser valiente era no tener miedo.
Ahora creo que ser valiente es decir “tengo miedo” y dejar que alguien se quede contigo.
Sin frases grandes.
Sin promesas imposibles.
Sin llamarte guerrero cuando apenas puedes con tu propio cuerpo.
Solo quedándose.
Partiendo el pan.
Sirviendo té.
Cuidando una maceta.
Riéndose de un ascensor viejo.
Y grabándote, con actos pequeños, que mientras haya una mesa compartida, todavía queda hogar.
Todavía queda amor.
Todavía queda vida.