Dos días antes de Navidad, bajé a la cocina y descubrí que mis padres ya habían preparado mi maleta para echarme de casa. Ellos cenarían bajo un techo caliente; yo tenía 22 € y ningún lugar adonde ir. “Estás desesperada”, dijo mi madre. No discutí: me fui y, a la mañana siguiente, entregué al banco una tarjeta de mi abuelo. El director palideció al abrir la cuenta

Lucía no regresó a casa de sus padres.

Nuria insistió en que se quedara con ella unos días, y Lucía aceptó solo hasta encontrar algo propio. Podía haberse lanzado a comprar un ático, un coche nuevo o cualquier objeto que demostrara que ya no necesitaba a nadie, pero la noche pasada en aquella cafetería le había dejado una lección demasiado reciente: tener dinero no significaba estar a salvo si se utilizaba sin cabeza.

Con ayuda profesional, separó una parte como fondo de emergencia, mantuvo intacta la mayor parte del capital