el uniforme de la farmacia y tenía una bolsa de tomates en la mano.
Durante unos segundos pensé que me había equivocado de piso.
En nuestra cama había dos maletas granates, una caja de medicamentos, varios vestidos y un neceser de flores. Mi suegra, Mercedes, estaba abriendo el segundo cajón de mi cómoda con la naturalidad de quien ordena su propia casa.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté.
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Ni siquiera se volvió.
—Preparando la habitación de tu tía política. Tu tío Ramón ha