La novia llegó al altar con un traje de hombre gigante: lo que decía la etiqueta de la manga lo explicó todo

la mano en la boca, y varios invitados lloraban con ella. Yo había estado a punto de arruinar el momento más importante de la vida de la mujer que amo por un enojo que ni siquiera me pertenecía.

La tomé de las manos, que casi desaparecían dentro de las mangas, y le dije:

—Gracias por dejarme conocerlo hoy.

Nos casamos así: ella con el traje de su padre, yo con un nudo en la garganta. En mis votos añadí una promesa que no estaba escrita: cuidarla como él lo habría