automóvil oscuro. Tendría poco más de sesenta años. Vestía con elegancia, llevaba el cabello cuidadosamente recogido y parecía fuera de lugar entre los puestos, los peatones y el ruido del centro de Guadalajara.
Pero no estaba mirando la ropa desgastada de Mauricio.
Miraba su cuello.
Allí colgaba una pequeña piedra roja, montada en una pieza antigua de metal.
—Señor… —dijo ella, acercándose lentamente—. Necesito que me diga de dónde obtuvo eso.
Mauricio bajó la mirada hacia el colgante.
Durante años había dormido con aquella pieza contra el pecho.
Nunca la