agarré nada.
Renata repetía la frase entre sollozos.
Beatriz encendió la máquina.
Mi hija comenzó a gritar.
Las 2 mujeres siguieron adelante.
Guardé inmediatamente 3 copias del video.
Una en la nube.
Otra en mi correo.
La tercera se la envié a Natalia, una amiga de la universidad que ahora era abogada familiar.
Me llamó 10 minutos después.
—Valeria, no regreses a esa casa.
A la mañana siguiente me acompañó a documentar mis lesiones y consiguió una valoración psicológica para Renata.
Cuando la especialista le preguntó por qué no quería