Cuando escribió su nombre, comenzó a llorar.
Yo no sentí satisfacción.
Solo cansancio.
Durante los meses siguientes nos mudamos a un departamento pequeño en Guadalajara.
Tenía 2 habitaciones, un balcón lleno de luz y una cocina donde Renata podía desayunar sin observar constantemente la puerta.
La primera noche caminó por todas las habitaciones.
Después me preguntó:
—¿La abuela sabe dónde vivimos?
—No.
—¿El abuelo puede venir?
—No.
Guardó silencio.
Luego colocó su conejo sobre la cama.
—Entonces sí me gusta esta casa.
Tuve que girarme para que no me viera