de obedecerla.
Esa noche, mientras peinaba los pequeños rizos de Renata frente al espejo, ella apoyó la cabeza contra mí.
—Me gusta nuestra casa, mamá.
—A mí también.
—Aquí nadie me dice ladrona.
La abracé.
—Porque aquí nadie necesita culpar a un niño para proteger a un adulto.
Renata sonrió mirando nuestro reflejo.
Y comprendí que la verdadera justicia no fueron los documentos firmados, el dinero recuperado ni el divorcio.
Fue algo mucho más pequeño.
Una niña de 4 años aprendiendo que podía decir no.
Que su cuerpo le pertenecía.