Cuando regresé de un viaje de negocios, encontré a mi hija de 3 años rapada y acusada de robar un brazalete de oro. —Así aprenderá —dijo mi suegra. Me fui con mi hija. Esa noche la cámara oculta demostró quién era la verdadera ladrona. Pero al día siguiente, mi abogada puso una carpeta negra frente a mí y dijo: —El brazalete no es lo que debería preocuparte.

los ositos de chocolate y con una costumbre que me hacía sonreír: cada noche antes de dormir colocaba sus muñecos alrededor de la almohada para que, según ella, ninguno tuviera miedo.

Aquella semana yo había estado en Monterrey.

La tarde de mi regreso traía dentro de la maleta una bolsa llena de chocolates.

Imaginé a Renata corriendo hacia mí.

En cambio, al entrar, escuché un llanto ahogado detrás de la puerta corrediza.

Salí al balcón.

Renata estaba descalza.

Llevaba una pijama delgada y tenía ambas manos sobre su cabeza rapada.

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