mirada bastó para hacerme callar.
Me tragué la pastilla.
Apenas unos minutos después, un cansancio insoportable recorrió mi cuerpo y perdí el conocimiento.
Al despertar por la mañana no recordaba absolutamente nada.
La misma rutina se repitió noche tras noche. Él aparecía, me entregaba la pastilla y yo caía en un sueño profundo.
Lo más desconcertante era que nunca intentó acercarse a mí de la forma que cualquiera imaginaría. Durante el día apenas hablábamos. Caminaba por la casa como una sombra y me observaba con una expresión imposible de interpretar.