había pasado años creyendo que yo lo había rechazado.
No llamamos esa noche.
Ni al día siguiente.
La verdad era demasiado grande.
Me encerré en mi habitación y saqué una caja que no abría desde hacía años. Dentro estaban las fotografías de la secundaria, una pulsera que Andrew me había regalado y una carta sin terminar que había escrito cuando Leo tenía tres meses.
Nunca la envié porque no sabía dónde estaba.
En la carta decía:
“Andrew, no sé si algún día leerás esto. Leo tiene tus ojos. Cada vez