que sonríe, me pregunto si tú también sonríes así.”
Lloré hasta quedarme sin fuerzas.
No solo por Andrew.
Lloré por la chica de diecisiete años que fui. Por el miedo que cargó sola. Por las noches en que alimentaba a Leo y fingía que no le dolía que su padre no estuviera.
Lloré por mi hijo, que había crecido sin respuestas.
Y lloré por un muchacho que tal vez nunca quiso abandonarnos.
Una semana después, Leo y yo tomamos un vuelo a Seattle.
No fuimos a exigir nada.
No fuimos