Mi madre me abandonó en la canasta de una bicicleta cuando tenía tres meses; 18 años después apareció en mi graduación y reveló el secreto que mi padre había guardado toda la vida

trasplante y que podía morir antes de encontrar un donante compatible.

Había regresado porque no quería irse de este mundo sin contarme quién había sido mi padre biológico.

Pero también había otra razón.

Durante dieciocho años había escrito una carta cada vez que llegaba mi cumpleaños.

Nunca se había atrevido a enviarlas.

Dentro de aquella carpeta estaban todas.

Dieciocho cartas.

Una por cada año de mi vida.

—No te abandoné porque no te amara —dijo—. Te abandoné porque era una niña aterrada y creí que alejarme sería lo mejor para