Él levantó los ojos.
Estaba llorando.
—No llevas mi sangre —respondió—. Pero eres mi hija desde el momento en que te levanté de aquella canasta y dejaste de llorar al escuchar mi voz.
Elena comenzó a sollozar.
Sin embargo, aún faltaba una parte de la verdad.
Mi madre no había regresado para recuperarme
—No he venido a separarlos —dijo Elena—. Tampoco espero que me perdones.
Entonces sacó otro documento de la carpeta.
Era un informe médico.
Elena tenía una enfermedad cardíaca grave. Los médicos le habían dicho que necesitaba un