caminé hacia el escenario, pero me detuve antes de subir.
Miré a Elena.
Después miré a mi padre.
Extendí una mano hacia cada uno.
—Vengan conmigo.
Elena dudó.
—No tengo derecho.
—Tal vez no —respondí—. Pero si de verdad puede ser tu última oportunidad, no quiero pasar el resto de mi vida lamentando haberte dejado sentada.
Subimos los tres al escenario.
La directora me entregó el diploma y el público comenzó a aplaudir. Entonces pedí el micrófono.
Mis manos temblaban.
—Hoy descubrí que el hombre que me crio no comparte