mi sangre —dije—. Durante unos minutos pensé que eso cambiaba toda mi vida. Pero me equivocaba.
Busqué a mi padre con la mirada.
—La sangre puede explicar de dónde venimos. El amor explica quién se queda. Este diploma lleva mi nombre, pero le pertenece al muchacho de diecisiete años que renunció a sus sueños para que yo pudiera alcanzar los míos.
Bajé del escenario y puse el diploma entre sus manos.
Mi padre trató de devolvérmelo.
—Es tuyo.
—No, papá. Es nuestro.
Él me abrazó con la misma delicadeza con