aviso.
Don Manuel no gritó.
No insultó.
Ni siquiera levantó la voz.
—Agente, solo estoy esperando a mi esposa.
Sergio sonrió con desprecio.
—Me da igual si está esperando al rey. Se va ahora o se viene conmigo esposado.
Don Manuel, de sesenta y dos años, respiró despacio.
Llevaba un chaleco gris, pantalón de vestir sencillo y unos zapatos negros bien lustrados. Parecía un jubilado cualquiera que había salido a dar un paseo por el Parque de la Ribera, en San Miguel del Río.
Eso era lo que Sergio veía.