Un hombre moreno.
Mayor.
Tranquilo.
Sentado en una banca antigua donde aún se leía una frase tallada hacía décadas:
“Solo residentes.”
Una frase vieja, vergonzosa, de esas que nadie se atrevía a borrar porque, según el ayuntamiento, “formaba parte de la historia”.
Don Manuel no se había sentado allí para provocar a nadie.
Solo esperaba a su esposa, Carmen, y a su nieta Lucía, que habían ido a comprar un helado a la esquina.
Pero Sergio Molina vio otra cosa.
Vio una oportunidad.
A treinta metros, varios niños jugaban.
Un