Sí, señor.
Pero ya no sonreía.
Marta, desde la puerta, no había visto todas las palabras.
Pero vio el pánico de Ricardo.
Vio cómo cerró el portátil.
Vio cómo Sergio se quedó blanco.
Y supo que aquello no era un error normal.
Ramos dudó tres segundos.
Tres segundos que luego recordaría durante años.
Después abrió el portátil y borró la alerta local.
Lo que ninguno entendió fue que la alerta ya se había enviado.
El servidor federal la guardó en el mismo instante en que apareció.
Cada clic quedó registrado.