Una silla que estaba reservada para Thomas, su único hijo. El muchacho al que Richard había criado, en el que había invertido tiempo, dinero y confianza. El muchacho a quien había defendido incluso cuando sus tropiezos dejaron de parecer travesuras de juventud y comenzaron a delatar algo más profundo: un carácter frágil, egoísta, incapaz de mirar hacia afuera.
Thomas no había llegado. No estaba enfermo. No se había perdido en la carretera. Había decidido asistir a la fastuosa fiesta de cumpleaños de su esposa Victoria, en Aspen, en lugar de