Eleanor Mitchell no supo, mientras Richard aún respiraba, que su hijo ya había perdido el derecho a heredar aquello que su padre había construido durante décadas. No lo comprendió en el hospital, cuando el monitor cardíaco dejó escapar aquel pitido continuo tras meses de enfermedad. Tampoco lo entendió cuando el médico entró a la habitación con esa expresión callada y definitiva que anuncia lo irreversible. Ni siquiera lo intuyó cuando Richard, con la mano fría entre las suyas, alcanzó a murmurar:
—Haz lo que sea correcto, no lo que sea