dejó de terminar la comida.
Después comenzó a bajar de peso.
Luego aparecieron las noches en que se despertaba empapada en sudor.
Una tarde fui a verla y la encontré inclinada sobre la mesa de la cocina, apretándose el abdomen con ambas manos.
—Mamá, ¿desde cuándo te duele así?
—No es nada.
—Mírame.
Levantó los ojos.
Estaban llenos de lágrimas.
—Desde hace unos meses.
Sentí que se me helaba la espalda.
Esa noche se lo conté a Javier durante la cena.
Mi esposo llevaba una camisa que había costado más