Yo creía haberme preparado para cada emoción que me embargaría el día en que viera cumplir dieciocho años a mi hija. Me equivoqué.
Esa mañana la casa olía a crema y frutas frescas. Yo estaba despierta desde las seis, colgando farolitos de papel en el porche y tratando de no llorar. Julia cumplía dieciocho: mi niña, la hija por cuya vida mi hijo Bruno lo había dado todo.
—Mamá, ¿ya estás llorando? —se rio desde la puerta de la cocina.
—No lloro. Soy alérgica a los cumpleaños.
—Tu hermano estaría