Me llamo Marta Villacís, tengo 63 años y vivo en Cuenca, en la casa que mi difunto esposo Aurelio levantó ladrillo a ladrillo hace casi cuatro décadas. Cuando él murió, mi hijo Esteban insistió en mudarse conmigo junto a su esposa, Karina. Yo pensé que era el cariño de un hijo que no quería verme sola. Qué ingenua fui.
El plan: desaparecer para verlo todo
Los primeros meses fueron tranquilos. Karina cocinaba, Esteban arreglaba el jardín y los domingos veíamos fútbol juntos. Pero hace unos tres meses algo cambió. Empezaron