Parte 1
La mañana en que Camila entró a mi edificio cargando a su hermana bebé, yo estaba más preocupado por una reunión de 280 millones de pesos que por cualquier cosa que ocurriera en el vestíbulo.
Me llamo Alejandro Salgado, tenía 49 años y dirigía una empresa financiera en Santa Fe, Ciudad de México.
A las 7:46 de aquel martes de abril, la lluvia había convertido las avenidas en un estacionamiento y yo ya llevaba 3 llamadas antes de cruzar la puerta giratoria.
Entonces vi a la niña.