La última mañana
La última vez que vi a mi hijo Daniel, tenía dieciséis años y estaba parado en el pasillo, poniéndose las zapatillas con la mochila colgada de un solo hombro. Recuerdo cada detalle de esa mañana como si estuviera grabado a fuego en mi memoria: la luz filtrándose por la ventana de la cocina, el olor a café recién hecho, el ruido de sus llaves chocando contra la hebilla del cinturón.
—¿Terminaste la tarea de historia? —le pregunté desde la cocina, mientras enjuagaba una taza.
—Sí, mamá —respondió