PARTE 1
—Si alguien le abre la puerta a ese asesino, se larga con él.
Eso dijo mi padre la noche en que mi tío Miguel salió de prisión después de veinte años.
Yo tenía dieciocho y apenas recordaba su cara. Llegó a la casa de mi abuela, en Naucalpan, con el cabello blanco, la espalda encorvada y una bolsa de tela gastada. Mi abuela Teresa puso los dos cerrojos. Mi tío Tomás murmuró que Miguel solo traía desgracias. Y todos siguieron cenando como si afuera no hubiera un hombre