temblando de frío.
Pero yo sí recordaba algo.
Cuando tenía cuatro años, mis padres salían a jugar cartas y una noche me dejaron sola. Lloré de hambre hasta que Miguel entró por la ventana de la cocina, me preparó sopa de fideo con dos huevos y me dio unos dulces de tamarindo.
—No le digas a tu papá —me dijo riendo—. Es nuestro secreto.
Pocos meses después lo arrestaron por matar a un vigilante durante un robo e incendio en el taller familiar.
Esperé a que todos se durmieran. Preparé