—Vuelve de vacaciones, mamá no está bien. Leí tres veces el mensaje de Javier. Estaba sentada en la terraza de un pequeño hotel en Mallorca, con una taza de café delante. Eran poco más de las ocho de la mañana. Más allá de la barandilla, el mar brillaba bajo el sol y algunos turistas ya bajaban hacia la playa.
Era mi cuarto día de vacaciones.
Y, por primera vez en mucho tiempo, había viajado sola. Javier no había podido acompañarme. Acababa de empezar un proyecto importante en su empresa y