había preferido quedarse en casa.
Habíamos pensado en cancelar el viaje, pero los billetes ya estaban pagados y el hotel apenas devolvía dinero.
—Vete, Elena —me había dicho—. Llevas meses trabajando sin parar. Disfruta.
Así que me fui.
Y ahora, cuatro días después, quería que regresara.
Le respondí inmediatamente.
—¿Qué le pasa?
Aparecieron los tres puntitos.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
—De verdad no se encuentra bien. Nos necesita.
Me incorporé en la silla.
—¿Está en el hospital?
-No.
—¿Ha ido al médico?
Hubo un largo silencio.
—Todavía no.
Fruncí el