PARTE 1
—Ya no quiero seguir fingiendo contigo, Mariana. Ella es la mujer que quiero.
Alejandro dijo esas palabras con una mano todavía apoyada en la cintura de su amante, mientras treinta personas permanecían inmóviles en nuestra sala, debajo de un letrero que decía: “Felicidades, director regional”.
Cinco segundos antes, todos habíamos gritado:
—¡Sorpresa!
Y cinco segundos antes de eso, mi esposo había entrado besando a otra mujer.
Yo llevaba un mes preparando aquella fiesta.
Alejandro había perseguido ese ascenso durante nueve años. Su padre, antes de morir, le había