repetido durante toda su juventud que nunca tendría carácter para dirigir a nadie. Por eso, cuando finalmente consiguió el puesto de director regional de su empresa en Ciudad de México, pensé que merecía celebrar rodeado de quienes lo querían.
Compré comida, contraté a un amigo que tocaba guitarra, encargué un pastel enorme y convencí a su mamá, doña Carmen, de viajar desde Querétaro.
Hasta ese momento, mi relación con mi suegra había sido cordial, pero distante. Nunca fuimos íntimas. Aun así, sabía cuánto significaba para Alejandro que ella estuviera presente.