Durante dieciocho años le entregué mi juventud, mi dinero y mi paciencia a un hombre que me traicionó de la manera más baja, planeando un falso accidente náutico para tirarme al mar y apoderarse de la única propiedad que me quedaba en el mundo para entregársela a su amante en turno y a su madre alcahueta; logré sobrevivir de milagro a las aguas heladas y, cuando volví a casa diez días después con una carpeta de pruebas contundentes bajo el brazo, lo encontré brindando con champaña en la sala junto a su nueva familia; saqué mi teléfono, abrí el expediente de la fiscalía y le dije simplemente: “Salúdame a la policía cuando lleguen por ti”, antes de ver cómo su mundo perfecto se desmoronaba en mil pedazos frente a sus propios ojos.

PARTE 1

Mi esposo me invitó a un lujoso viaje en yate por nuestro aniversario número dieciocho, pero no para celebrar nuestro amor, sino para empujarme al mar y quedarse con mi casa de treinta millones de pesos. Así de escalofriante es la codicia cuando duermes con el enemigo y te niegas a ver las señales.

Me llamo Lucía, tengo cuarenta y cuatro años y durante casi dos décadas estuve casada con Diego. Cuando nos conocimos, no teníamos dónde caernos muertos. Recuerdo que rentábamos un cuartito de azotea en una