colonia popular y, cuando llovía, teníamos que poner cubetas porque el techo era una coladera. Él trabajaba de sol a sol en la construcción y yo dividía mi pan dulce con él porque, según yo, en el matrimonio todo era mitad y mitad. Superamos la pobreza, pero hubo algo que nunca pudimos superar: no pude darle hijos.
Su madre, Doña Carmen, se mudó con nosotros hace seis años y se encargó de recordarme mi “fracaso” todos los días. “Tan grande la casa y sin niños que corran en el patio,