Al volver del funeral vi cómo mi yerno tiraba las cosas de mi hija sin derramar una sola lágrima. Salvé únicamente su chamarra naranja y le dije: “No necesito nada más”. Él y su madre intercambiaron una mirada extraña. Esa madrugada encontré en el bolsillo una nota secreta, y la última frase me hizo entender que mi hija había previsto que algo podía pasarle.

PARTE 1

—Si encuentras algo de Camila, cualquier cosa, me lo entregas a mí. No tienes por qué guardar objetos que sólo van a hacerte sufrir —dijo Beatriz junto al ataúd de su nuera, con una serenidad que hizo que Teresa sintiera un escalofrío.

A sus 52 años, Teresa Hernández creyó que ya conocía todas las formas del dolor. Se equivocaba.

Tres días antes, su única hija, Camila, había muerto a los 29 años por una supuesta falla cardiaca repentina. Era joven, trabajaba, hacía ejercicio y, salvo una arritmia leve