Al volver del funeral vi cómo mi yerno tiraba las cosas de mi hija sin derramar una sola lágrima. Salvé únicamente su chamarra naranja y le dije: “No necesito nada más”. Él y su madre intercambiaron una mirada extraña. Esa madrugada encontré en el bolsillo una nota secreta, y la última frase me hizo entender que mi hija había previsto que algo podía pasarle.

que su médico consideraba controlable, nunca había tenido un problema grave

 

Mauricio, su esposo desde hacía tres años, permaneció durante todo el funeral impecable dentro de un traje oscuro. Ni una lágrima.

Su madre, Beatriz, tampoco lloró.

Teresa sí.

Pero incluso destrozada, seguía haciendo lo que siempre había hecho: observar.

Después del entierro, la familia se reunió en el departamento que Camila compartía con Mauricio en la colonia Del Valle. Apenas Teresa entró, vio algo que la dejó inmóvil.

Había cajas por todas partes.

Cajas cerradas, etiquetadas y listas