Ricardo respiró profundamente antes de hablar.
—Mariana, si no tienes dónde pasar la noche, ven con nosotros.
Mariana abrió mucho los ojos.
—No puedo aceptar eso.
—No te estoy ofreciendo caridad.
—Pero ni siquiera me conoce.
Ricardo miró a su hija.
Sofía seguía agarrada de la mano de Mariana.
—Mi hija tampoco te conocía hace cinco minutos y decidió que necesitabas un abrazo.
Mariana bajó la mirada.
—No quiero causar problemas.
—Entonces hagamos algo sencillo —respondió Ricardo—. Vienes a cenar. Después decidimos qué hacer.
Sofía sonrió.
—Y puedes sentarte junto