Me quedé dentro del auto durante casi veinte minutos. El motor estaba apagado. Las manos seguían apretando el volante con una fuerza que me hacía doler los dedos. A través del parabrisas mojado por la llovizna, la casa que con tanto esfuerzo habíamos comprado en las afueras de Portland se veía idílica, pero para mí, en ese instante, se había transformado en un escenario de pesadilla.
Había regresado de mi viaje de negocios a Denver un día antes de lo previsto, ansioso por darle una sorpresa a mi esposa, Elena.