Volví al pueblo convencido de que mi exesposa y mi hijo vivían en la casa que les había dejado, hasta que una vecina me señaló un cobertizo donde llevaban años sobreviviendo. Cuando encontré a mi hijo de 10 años, él solo me reconoció por una fotografía y, abrazando un carrito roto, me preguntó si me iría después de firmar mis papeles. Yo había enviado dinero cada mes; ahora debía demostrarle a un niño que apenas me conocía que no volvería a desaparecer.

PARTE 1

—No firme nada, don Álvaro. La mujer a la que usted cree haber dejado una casa lleva años viviendo en un cobertizo con su hijo.

Doña Pilar me lo dijo en la plaza de San Isidro, entre camionetas polvorientas y puestos de fruta. Yo llevaba una carpeta bajo el brazo y un traje absurdo para aquel pueblo. Había vuelto después de 5 años para resolver unos papeles de una parcela familiar y regresar a Guadalajara antes de la noche. Según yo, Inés y Mateo vivían cómodamente en la