casa que les dejé al divorciarnos.
A mis 38 años dirigía una empresa inmobiliaria y me repetía que nunca había dejado de mandar dinero para mi hijo. Transfería unos 28,000 pesos al mes mediante un fideicomiso administrado por Esteban Rivas, mi hombre de confianza desde hacía más de 10 años. Jamás comprobé qué ocurría después.
Doña Pilar me contó que vio a Inés salir de la casa con 2 bolsas, una cobija y Mateo de la mano. Al quedarse sin casa, trabajó en una huerta y terminó arreglando un