Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

PARTE 1

—En esta casa no quiero hombres desconocidos —le advertí al extraño que apareció frente a mi cerca, empapado por la lluvia, con un perro flaco y una cabra preñada.

Él se detuvo sin tocar el portón. Llevaba una camisa de cuadros, botas gastadas y una vieja hoz sobre el hombro. No parecía ofendido. Solamente bajó la mirada y esperó.

Yo tenía 4 meses de embarazo y acababa de perder la confianza en el hombre con quien había imaginado formar una familia.

Mi esposo, Rogelio, me había abandonado por