«¡Papá, detén el coche!», gritó mi hija de 5 años mientras señalaba a 2 niñas descalzas que dormían junto a un montón de basura en la ciudad de Nueva York. Segundos después, yo estaba arrodillado en el agua sucia de la lluvia, mirando fijamente sus rostros, porque ambas eran idénticas a mi hija, y una de ellas tenía los inconfundibles ojos verdes y dorados de mi difunta esposa.

PARTE 1

—¡Papá, frena! ¡Hay 2 niñas con mi cara tiradas junto a la basura!

Mi hija Valeria gritó tan fuerte que pisé el freno antes de comprender sus palabras. Eran casi las 9 de la noche y llovía sobre la colonia Doctores, en Ciudad de México. Volvíamos de visitar un hotel que mi empresa estaba remodelando. Yo pensaba en contratos; ella, desde el asiento trasero, había visto algo que me cambiaría la vida.

Debajo del toldo de una papelería cerrada había 2 pequeñas abrazadas sobre un cartón húmedo. Estaban