descalzas. Una protegía a la otra con su suéter, aunque temblaba tanto que apenas podía mantener los brazos firmes.
—Se parecen a mí —insistió Valeria, pegando la nariz al vidrio.
Me bajé sin paraguas. Soy Gabriel Salcedo, tengo 39 años y construí una empresa de hoteles y edificios que aparece en revistas de negocios. Siempre pensé que el dinero servía, por lo menos, para mantener a salvo a mi familia. Aquella noche descubrí cuánto me había engañado.
La mayor de las niñas alzó la cabeza. Tenía los mismos rizos oscuros