Parte 1
Mi hija llevaba siete días sin contestarme.
Ni una llamada. Ni un mensaje. Ni siquiera uno de esos audios de diez segundos que mandaba cuando estaba demasiado ocupada para hablar.
Durante los primeros dos días intenté convencerme de que exageraba.
Valeria tenía 32 años, un trabajo exigente en una empresa de logística en Querétaro y un matrimonio que, al menos desde fuera, parecía estable. No tenía obligación de reportarse conmigo cada noche.
Pero lo hacía.
Siempre.
Aunque estuviera cansada, escribía algo.
“Llegué.”
“Hoy fue horrible.”
“Te llamo mañana.”