Y casi siempre terminaba igual:
“Te quiero, ma.”
El tercer día llamé a su oficina.
Me dijeron que había pedido permiso por asuntos personales.
El quinto llamé a dos amigas suyas.
Ninguna sabía dónde estaba.
La primera me dijo que Julián, su esposo, había explicado que Valeria necesitaba “desconectarse de todos”.
La segunda bajó la voz antes de decirme:
—Señora, no quiero meterme, pero la última vez que la vi discutieron fuerte.
El séptimo día metí ropa en una mochila y manejé desde Ciudad de México hasta Querétaro bajo una